Junto a un semáforo fotografío a los coches en movimiento. Un fuerte foco los ilumina dejando por un momento ver su interior. La cámara aprovecha ese instante para detener el flujo anónimo y mirar dentro. Las sombras pasan a ser parejas, padres e hijos, personas solas. Vidas que de forma aleatoria se nos aparecen y de pronto no nos son ajenas.

Camino Laguillo

 

Burbujas de intimidad

Alejandro Castellote

Una de las esencias de la fotografía es hacer visible lo no visible. El magnetismo visual que desprende la congelación del movimiento reside en la imposibilidad de nuestra visión para fijar ese instante con nitidez. La fotografía nos permite explayarnos en la contemplación dilatada de ese instante mágicamente detenido.

Camino Laguillo nos ofrece una colección de imágenes obtenidas con la paciencia del cazador. Son momentos de inaprensible fugacidad, que se convierten en inquietantes merced al halo de oscuridad que rodea a los sujetos. La luz dramatizada que los ilumina apenas desvela un fragmento de la escena y dota a la imagen de una textura cinematográfico. Cuando una imagen es capaz de hacernos abandonar la confirmación de su veracidad transportándonos a una narración interrumpida, decimos que parece el fotograma de una película. Y es que el cine como la fotografía documental dependen del uso de ciertas convenciones visuales para referirse a la realidad. Pero, si intercambiamos esos códigos la identificación de realidad y ficción se torna inestable. Basta iluminar un fragmento de la realidad de acuerdo a parámetros cinematográficos, para que la imagen resultante desborde lo real hasta parecer una puesta en escena; por el contrario, los directores que aspiran a la verdad prescinden, entre otros elementos, de la luz artificial.

La presencia de la fotógrafa en esta serie es tan espectral como lo son sus imágenes. Sólo parece existir cuando la delata la mirada del fotografiado, pero su ausencia impregna de tal modo las fotografías que es el espectador quien puede sentirse sorprendido en su propio vouyerismo. Camino Laguillo nos invita a asomarnos a esa burbuja de intimidad que son los habitáculos de los automóviles. Un lugar donde se desactivan las poses públicas y emergen los gestos ensimismados. El magnetismo de esos rostros congelados, que se sienten a salvo de la curiosidad ajena, proviene de sus expresiones alienadas que nos hablan elípticamente del tipo de sociedad que habitamos. Son fotografías que sugieren un cierto grado de complicidad con el espectador: cada uno de nosotros podría ser el protagonista de estas imágenes.